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Matthew Arnold (Gran Bretaña, 1822-1888)

Matthew Arnold (Gran Bretaña, 1822-1888)
Desaliento, de Empedocles en Etna
” Los pensamientos que llueven su constante fulgor como estrellas sobre la fría existencia del mar, y que otros conocen, o dicen conocer, nunca brillaron para mí, los pensamientos alumbran como centellas el cielo de mi espíritu, pero no se quemarán conmigo, una vez que iluminen, presurosos huirán y jamás regresarán de nuevo.”

A Margarita, de Empedocles en Etna
” Sí, en el mar del vivir aislados, con resonantes estrechos que nos separan, punteando el acuático páramo sin costas, nosotros, millones de mortales, vivimos solos. Las islas sienten cómo las corrientes las unen, aprendiendo los eslabones que sin fin las atan. Pero cuando la luna alumbra los vacíos, y un bálsamo primaveral las barre, en los collados ruiseñores cantan divinamente bajo noches estrelladas, y primorosos acordes vierten a través de ruidos y canales, de orilla a orilla. Entonces una nostalgia como desesperación llega hasta las cavernas más apartadas, porque, seguramente, entonces se presiente que parte fuimos de un solo continente. Hoy la llanura acuosa, rodeándonos se extiende; si pudieran nuestras márgenes de nuevo encontrarse. ¿Quién dispuso que este fuego de ansias debiera enfriarse tan pronto como se inflama? ¿Quién devuelve vacío tan hondo deseo? Un dios ordenó tanta separación, un dios, y entre orillas impuso el salado, insondable mar que nos aparta.”

Joao de Almeida Garrett (Portugal, 1799-1854)

Joao de Almeida Garrett (Portugal, 1799-1854)
Camoes (fragmento)
” Tiernas ninfas del tranquilo Mondego, vosotras que el dulce gemir de los enamorados, gemidos de placer oisteis por la selva. Que ocultó tanto amor, tanta ventura en tiempos de más dicha; que escuchastes los afligidos suspiros de nostalgia, cuando ausente de aquel por quien vive, sola, gemidora rueda, va deshervando la ausencia de su bien, de su amado, y a los montes, a las hierbas enseñando el nombre que en el pecho escrito tiene, que después, recordando una muerte oscura largo tiempo de unas cristalinas solitarias lágrimas hermosas derramastes.
(…)
Con sus hijitos, en vano bañada en llanto, suplicante implora a los bárbaros. El hierro empapa crueles en el pecho cristalino; y las vivas rosas que de las mejillas huyen, por la herida a borbotones se desvanecen con sus inocentes hijos abrazada. No gime, no suspira; a besos arranca, una a una, las facciones, que tanto vivamente las del querido amante le retratan. Ahora por los labios finalmente huye la última vida, el último soplo en besos, todo amor, todo ternura, los ojos ya de hermosa luz se extinguen.